Tanto si crees que puedes o si crees que no, tienes razón

Eso decía nuestro coach de Educación Física cuando estábamos en la primaria y tratábamos de encestar al jugar basketball. Y desde entonces, la lección se me quedó grabada. Como persona blanca de clase media en un país mestizo, soy muy consciente que he tenido muchísimos privilegios. Pero como mujer he tenido que luchar contra mucha discriminación también.

Mi percepción de privilegios se afinó al venir a vivir en Canadá. Pero esa es una historia para otro día.

En diciembre del 2014 me estaba preparando para una entrevista de trabajo. Estaba desesperada, literalmente enferma y cansada. Llevaba: 

-2 años

-más de 250 solicitudes de empleo

-más de 100 llamadas con un reclutador

-más de 30 entrevistas en persona 

-el apoyo de un coach

y ninguna oferta. 

Fui el candidato de acción afirmativa que los reclutadores aportan para cubrir su necesidad de mujeres y minorías. Además de eso, era invierno en Montreal y después de 7 años de verla durante meses, la nieve había perdido su encanto.

Es cierto que tengo un fuerte acento ya que el francés es mi cuarto idioma, pero la mayoría de los trabajos a los que me postulaba eran en inglés, en compañías internacionales. Mi experiencia laboral era intachable, teniendo carrear y maestría en mi área, así como experiencia gerencial, pero los reclutadores siempre se decidían por alguien más. Mi francés era pasable, pero tampoco era una sorpresa, puesto que siempre había pasado el primer filtro que era una entrevista telefónica.

En noviembre de 2014, al ver que nuestra cuenta bancaria se había agotado después de 2 años de desempleo, había dejado de buscar trabajo en Montreal y comenzado mi búsqueda de trabajo en Edmonton, Calgary, Vancouver y Toronto. Me emocioné cuando logré obtener 2 entrevistas en persona a mediados de diciembre en Toronto.

Me quedé en un Airbnb en el barrio chino porque era lo único que podía pagar. Me había equivocado de calle y el GPS no era de ayuda. Ese día tuve nuevamente un ataque de pánico en el que no dejaba de temblar de frío, aunque el lugar tenía calefacción. Al entrar al baño toqué fondo.  El lugar era triste, sucio, muy pequeño, la regadera además de ser súper chaparra al grado que tenía que agacharme, me dió un poco de asco, así que busqué el cloro y la lavé porque tenía que bañarme a la mañana siguiente.

Ese lugar era el único que podía pagar ya que llevaba un año jineteando una tarjeta de crédito con lo poco que recibía en mi negocio y como instructora ocasional de cursos para ejecutivos. El sentido de desesperación me llevaó a hacer mi última apuesta: me salté la cena y usé dinero que no tenía para asistir a un taller de un par de horas (con un costo de $50 CAD) que me ayudaría a planear mi año y cambiar mis creencias. Prometían una experiencia inolvidable y para mis adentros, esperé que eso incluyera un snack.  Conversé con  un par de personas mientras comía unas frituras para apagar el hambre en lo que comenzaba la sesión. Ni estar al borde de la bancarrota ni la depresión me han quitado el hambre. 

No me sentía bien de salud. Estaba agotada física y emocionalmente, pero el facilitador, en su mejor estilo Tony Robbins, era ameno y motivante. Me pregunté por un momento si se suponía que todos los coaches eran así, tal vez por eso no tenía yo el mismo éxito. Él, por supuesto, se había entrenado con Robbins.

 La sesión fue buena, una serie de ejercicios con algo de información que conocía, pero que nunca había organizado de esa forma (visualización, enumerar objetivos, priorizar, hacer planes) pero la parte más emocionante fue que para ayudarnos a romper nuestras barreras mentales, nos dieron un tablón de madera, de 3/4 de pulgadas de grueso y nos explicaron cómo romperlo. Los co-facilitadores sostenían el tablón mientras te repetían cómo hacerlo, y las personas que ya habían roto el tablón paseaban animándonos. Logré romperlo en el segundo intento.

Aunque estaba agripada, exhausta y deprimida, quería demostrarme a mí misma que podía hacerlo. Lograrlo me sacó una sonrisa que hacía un par de años no lucía. La emoción era contagiosa y me hizo sentir fuerte y determinada.

Al día siguiente fui a mi primera entrevista de trabajo en la Universidad de York. Seguía con un resfriado terrible pero me arreglé y traté de concentrarme lo mejor que pude. Tuve una excelente entrevista, con una conversación informal y muchos momentos de risa con el panel de entrevistadoras. Realmente disfrutamos el proceso. Al final, me preguntaron cómo me sentía. Dije que volvía a casa emocionada, y más que nada, contenta de haber hecho mi mejor esfuerzo. Les compartí que lo que me dio esperanza fue el tablón que había roto la noche anterior. Les mostré las fotos y el pizarrón (dado que iba directo a mi otra entrevista y regresaba ese día a Montreal) y les conté brevemente la historia del curso.

Tuve mi segunda entrevista en el centro de la ciudad y también tuve una gran conversación con una mujer de Sudáfrica, que entrevistaba a personas en todo el mundo para una firma de ingeniería. Mi experiencia durante el curso me había dejado mucho más relajada, confiada y empoderada. Quebrar el tablón había sido la cereza del pastel sobre la claridad que tuve al visualizar mi futuro. 

En el tren camino a Montreal solicité otro trabajo más en Toronto, en Service Ontario. Volver a creer en mi fue el resultado que no esperaba cuando decidí saltarme la cena para ir al curso. Un par de semanas después, el primer grupo de consultores me llamó para una segunda entrevista, así como la dependencia de Service Ontario. Estaba realmente feliz de ver que esos tres procesos avanzaban, ya que no imaginaba que me llamarían tan pronto.

A fines de enero de 2015, recibí 4 ofertas de trabajo para elegir (la universidad, una organización federal en BC, Service Ontario y la firma internacional de ingeniería). Tomé el de la Universidad de York. Una quinta oferta llegó un mes después de que comencé mi trabajo en York.

Solicitar empleos fuera de Quebec sin duda fue una buena idea, pero estoy segura de que lo que marcó la diferencia fue volver a creer en mi.  La claridad y la energía que obtuve en ese proceso, combinadas con un aumento en la autoconfianza que ciertamente necesitaba después de la agotadora experiencia devastadora de estar desempleada durante 2 años en Montreal fueron clave de mi reinvención.

La cita de Henry Ford me vino a la mente: Tanto si crees que puedes como si crees que no puedes, tienes razón.

Estoy tan convencida de que la visualización y la planeación funcionan, que durante cada año sigo los mismos pasos, con excepción de quebrar el tablón, puesto que he logrado reconectar con mi poder personal. 

A partir de esa experiencia, incorporé los aprendizajes en mis talleres de desarrollo profesional y personal para ayudar a otras personas a tener experiencias y cambios similares.

En el 2016 impartí estas sesiones en un taller para el personal de YU. Varios meses después, tres de los participantes me enviaron un mensaje para informarme cómo el taller había cambiado sus vidas, puesto que dos de ellos habían tenido un ascenso y el otro se había cambiado a una área diferente, en donde disfrutaba más el trabajo. 

Como lo he compartido en múltiples ocasiones, creo en el poder de la inspiración, la visión, el establecimiento de objetivos y el trabajo constante. Eso fue lo que me ayudó a reinventarme. Todo lo que aprendí en mi proceso lo puse en mi curso De la Idea al Éxito. Con él, te puedo ayudar a aprovechar tu experiencia para hacer de este tu mejor momento.

¡La vida es demasiado corta para hacer algo que no disfrutas!

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